


Hay muertes que duelen y hay muertes que avergüenzan. El caso de Alexander Avendaño Varela provoca las dos cosas al mismo tiempo, y ante el peso de semejante realidad, es imposible quedarse callada.
El pasado 24 de mayo, lo que debía ser un día de descanso en un planchón turístico se convirtió en una carnicería. Varias personas lo agredieron, le quitaron la ropa y lo humillaron públicamente. Desesperado por detener los golpes, acorralado por el miedo físico, Alexander saltó al agua. No sabía nadar. Alguien lo gritó, pero nadie se movió. Su cuerpo fue encontrado cinco días después, a cincuenta metros de profundidad.
Quiero que nos detengamos exactamente en ese segundo preciso: un muchacho hundiéndose, incapaz de sostenerse, y un grupo de seres humanos alrededor que eligieron no salvarlo. Ocurrió a plena luz del día, sobre las aguas más fotografiadas de Antioquia. ¿Qué dice eso de nosotros?
Es ahí donde aparecen las preguntas más punzantes, esas que desarman cualquier intento de disculpa. ¿Por qué los tripulantes no le avisaron de inmediato a quien iba conduciendo la embarcación? ¿Por qué el capitán no se devolvió? En un planchón turístico hay protocolos, hay herramientas. ¿Por qué nadie le arrojó un chaleco salvavidas, una cuerda, algo de lo que pudiera sostenerse? ¿Qué pasó ahí adentro para que la lucidez mental de todo un grupo se apagara por completo?
No creo que quienes estaban allí fueran monstruos caídos del cielo. Creo algo peor: eran personas comunes y corrientes que en ese instante decidieron que la vida de Alexander no era su problema. El miedo, la indolencia o el simple fastidio de "complicarse" pesaron más que un cuerpo ahogándose frente a sus ojos. Esa normalidad de la deshumanización es la que de verdad aterra. No hace falta ser un criminal para dejar morir a alguien; a veces basta con cruzarse de brazos.
Vivimos en una cultura que perfeccionó el arte de mirar para otro lado. Lo hacemos con la violencia en la calle, con el vecino que grita, con la mujer a la que el entorno abandona frente a su agresor. Pero cuando esa indiferencia ocurre en tiempo real, en el agua, con alguien pidiendo auxilio con el último aliento, se llama abandono. Se llama complicidad. En cualquier rincón del mundo esto es una omisión de socorro, pero sobre todo, es una decisión consciente.
El costo de tenderle una mano o lanzarle un cabo era mínimo comparado con el precio de no hacer nada: su muerte, el duelo de una familia y la vergüenza colectiva. El embalse no mató a Alexander; lo mató la decisión de su entorno de no hacerse responsable de la existencia del otro.
No sé con qué soñaba Alexander, ni si estaba feliz ese día antes de que todo se rompiera. Pero sé que tenía 22 años y una familia rota que tuvo que velarlo un domingo por la noche. Sé que no lo mató la profundidad del agua, sino el peso de una verdad terrible: que estaba rodeado de personas, pero completamente solo.