


Qué alivio es vivir en una sociedad tan civilizada que ha logrado convertir la tragedia ajena en un cómodo espectáculo de sobremesa. Hemos perfeccionado el arte de la mirada desenfocada; ese talento casi místico que nos permite esquivar al indigente en la acera con la misma agilidad con la que saltamos un anuncio en YouTube. La indiferencia no es falta de alma, es simplemente una cuestión de higiene emocional.
A diferencia de la ira o el odio, que son tan ordinarios y sudorosos, la indiferencia es aristocrática. No requiere esfuerzo, no despeina y, sobre todo, no deja huellas en el historial crediticio. Somos la generación del "corazón en Instagram" y el puño cerrado en la calle. Nos escandaliza la falta de educación de un desconocido, pero nos parece de una discreción exquisita ignorar el grito silencioso de quien se hunde a nuestro lado. Al fin y al cabo, ¿quiénes somos nosotros para interrumpir el destino – o la mala suerte- de los demás con nuestra inoportuna solidaridad?
Es fascinante nuestra capacidad para debatir sobre la justicia social mientras degustamos un café de especialidad, asegurándonos de que nuestro indignado discurso no salpique nuestra comodidad. Hemos elevado la omisión a la categoría de derecho civil. "No es mi problema" se ha convertido en nuestro mantra de meditación preferido, la oración laica que nos permite dormir a pierna suelta mientras el mundo se desmorona en el código postal de al lado.
Somos expertos en la "empatía de salón". Nos duele el mundo, sí, pero nos duele en diferido y a través de una pantalla retina que filtra la fealdad del dolor real.
El dolor real huele mal, interrumpe nuestra agenda y, lo peor de todo, no tiene un botón de "silenciar". Por eso preferimos la asepsia: es mucho más estético lamentar la pobreza global que reconocer la mirada del hombre que nos pide una moneda mientras buscamos las llaves del carro con urgencia.
No se engañen, no somos malos; somos simplemente "pragmáticos". Estamos demasiado ocupados construyendo nuestro pequeño edén personal como para andar preocupándonos por las grietas en el jardín del vecino. La indiferencia es el lubricante que permite que el sistema siga rodando sin que rechine nuestra conciencia. Es el pecado perfecto: no tiene castigo social porque, en el fondo, todos somos cómplices del mismo bostezo frente al abismo.
Nos hemos convencido de que nuestra inacción es una forma de respeto a la privacidad ajena. Qué nobleza la nuestra. Qué pulcritud la de este corazón que no late por nadie para no gastarse.
Mañana, cuando vuelvas a tu rutina de ignorar lo evidente y maquillar tu apatía con excusas de diseño, recuerda que el vacío que dejas es el mismo en el que caerás tú cuando necesites una mano.
¿No es maravilloso saber que, cuando llegue tu turno de sufrir, el mundo te devolverá exactamente la misma cortés y elegante nada que tú le ofreciste hoy?